El plagio: una práctica a la orden del día

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Después de darle muchas vueltas al asunto, decidí comenzar la clase con aquel mensaje proyectado en la pantalla. Efectivamente, había un motivo para ello: un grupo de alumnos había decidido entregarme un trabajo plagiado desde la primera letra hasta la última. Sinceramente, no era la primera vez que me enfrentaba a una situación similar, pero he de reconocer que este tema me sienta especialmente mal. Lo primero que pensé fue: «Pero ¿por qué lo hacen?». Una compañera me respondía con el concepto de «la ley del mínimo esfuerzo». Vale… pero no. Hace unos años, en la era precibernética, se podía copiar y pegar, y el profesor podía darse cuenta (porque estas cosas se notan, digan lo que digan) de que el texto no era producción propia. Pero otra cosa era demostrarlo. Hoy en día, con tan solo un clic, podemos sacar el título del artículo, el artículo completo y, casi casi, la vida y milagros del autor. Por lo tanto, vuelvo otra vez a la pregunta: ¿por qué lo hacen? Cuanto más lo pienso, más estúpida me parece la idea. plagiarism-color- Sin embargo, puede que mi compañera no fuese tan desencaminada. Ley del mínimo esfuerzo, me decía. Pero ¿por parte de quién? ¿Del redactor (el alumno)… o del lector (en este caso, profesor)? Con esto, quiero decir lo siguiente: imagino que, si un alumno se permite el lujo de plagiar un trabajo, será porque habrá gente que se lo haya permitido anteriormente. Y me preguntaréis: ¿cómo se puede permitir eso? Bueno, yo diría que la respuesta es bastante obvia: no leyendo el trabajo o haciendo una lectura en diagonal de dicho trabajo. Cuántas veces habré oído a mis compañeros de la carrera decir: «¿Para qué me voy a esforzar, si ni siquiera se lo va a leer? Es más, le puedo escribir cualquier frase que no viene a cuento y seguro que ni se da cuenta»…

Y me contestaréis: «Vale, pero una cosa es culpar a los alumnos, y otra bien distinta es culpar a los profesores». Os pondré un ejemplo: el curso pasado tenía clase a las nueve de la mañana, y había alumnos que aparecían por clase a las 9:20 o incluso 9:30 (la clase terminaba a las 10). Qué tontería —pensé—, para eso, mejor que se queden en casa y que no madruguen. Sin embargo, recordé que, durante la carrera, había profesores que llegaban quince o veinte minutos tarde, por lo que nosotros también nos solíamos retrasar. Por ello, avisé de que en mis clases se empezaba a trabajar a las nueve en punto (podía dejar cinco o diez minutos de cortesía para algunos, pero no más), como bien estamos acostumbrados a hacer en Francia. Os aseguro que a las nueve estaban todos los alumnos sentados y listos para empezar (con más o menos sueño, pero bueno).
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Otro compañero se reía de mí cuando le contaba todo este asunto con toda la seriedad y la indignación del mundo. «Pero ¿qué más da que se copien?», me decía. Lo primero que le contesté fue que, según tengo entendido, en Estados Unidos echan al alumno de la universidad directamente (no sé si será verdad o no, aunque no me extrañaría en absoluto). Si lo pensamos fríamente, podría haber dejado pasar este asunto y hacer como si no hubiese visto nada (como me consta que hace bastante gente). Todo habría resultado mucho más fácil, tanto para los alumnos en cuestión como para mí. Me habría ahorrado hablar con otros compañeros, la hora de corrección y de cotejo con la fuente en cuestión, la «bronca» de clase y, probablemente, no estaría escribiendo esta entrada ahora mismo. plagio Sin embargo, cada vez que veo estos casos, no puedo evitar pensar en otras historias: ya no hablo de publicar una imagen de Facebook después de haber quitado la firma del autor (que eso también lo he visto), sino de casos más graves, como directores de tribunal que roban y plagian ideas que el doctorando presentó en la defensa de su tesis doctoral, directores de tesis que plagian el trabajo del doctorando, ministras de Educación o de Defensa que plagian tesis doctorales, «autores» que se apropian de la autoría total de un artículo (dejando tirado al coautor, que, en muchas —demasiadas— ocasiones, ha sido el verdadero autor) o docentes (de cursos de formación, institutos y universidades) que reutilizan el material de sus compañeros y lo firman como suyo. Como una anécdota más, os diré que un familiar, especialista en electromagnetismos, me contó que llevaba años enseñando una fórmula que él mismo había descubierto… y con la que se topó en internet de casualidad —obviamente, sin mención alguna— hace relativamente poco. Captura de pantalla 2014-10-24 a la(s) 01.27.09 Así que, una vez más, vuelvo a mi mantra: ¿por qué lo hacen? Es obvio que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo y que, tarde o temprano, la verdad siempre sale a la luz (con lo fácil que es mencionar la fuente y quedar como un rey…). «Es que, por desgracia, esto funciona así», me responden muchos (y con «muchos», me refiero a profesores, investigadores, traductores, amigos y familiares). Siempre contesto que esto funciona así porque lo permitimos. Lo que está claro es que esta práctica no es nueva, y mucho me temo que seguirá siendo un hecho. Ahora bien, somos nosotros quienes decidimos dejarlo pasar… o no. cartel-campana-plagio
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